27 oct. 2015

Hoja de Otoño

Ya estamos a finales de octubre y se notan los días más cortos, las noches más frescas y el ambiente más húmedo. En uno de mis paseos por el campo me detengo un momento para descansar, y sentándome sobre una roca observo cómo cambia la naturaleza.

Los árboles de hoja caduca están amarilleando, y algunos ya se han despojado de sus hojas. Instintivamente cojo una hoja del suelo y la observo detenidamente. Medio marrón, medio amarilla, blanda, suave, fina. Al tacto se nota que tiene una finísima capa superior, advirtiendo que está compuesta por varias capas más, estas, casi imperceptibles. Da la sensación de irse a deshacer en cualquier momento, pero no, es fuerte y resistente como lo es su propio árbol. Es como si se repitiese un minúsculo árbol, en su propia hoja. El nervio central que se extiende desde el extremo inferior al otro extremo superior de la hoja, hace de tronco. De ese nervio se distribuyen a derecha e izquierda como si fuesen ramas, otros nervios más finos, que a su vez vuelven a ramificarse, cruzándose entre sí dando la sensación, como si fuesen sus propias hojas.

Un nido de hilos, nervios y conductos... es la hoja. Es como ver el interior de un árbol. Los conductos que como tuberías o vasos conductores ascendentes, conocidos estos como xilema, transportan desde los pelos absorbentes de las raíces a los puntos más extremos de sus ramas y hojas, los jugos, sales minerales y demás alimentos. A continuación, a través de sus poros, absorben la humedad de la lluvia y el rocío, y por sus estomas absorben el dióxido venenoso, devolviéndolo en saludable oxigeno. Terminando a continuación en un complejo proceso químico a través del sol y la luz, haciendo posible la fotosíntesis.

Pensar, que un organismo tan complejo y excepcional se pueda pudrir sin mayor sentido tras marchitarse, después de haberse caído del árbol al suelo… Decimos, ¿sin sentido?

¡Veamos! Realmente los arboles de hoja caduca, no necesitan las hojas en invierno. Cuando las hojas son cubiertas por la nieve, el sol no puede penetrar en ellas y estas no pueden realizar su función. Además el peso que tendría que soportar la rama sería demasiado, partiéndose la rama del tronco y dañando a este y cayendo finalmente al suelo. En días de sol en invierno y al tener que evaporar la hoja gran cantidad de agua, esta no puede ser reemplazada a través de la absorción por sus raíces, ya que la tierra se encuentra en la mayoría de las veces dura y helada. Entonces tendría el árbol que recurrir a sus reservas de alimento, poniendo en riesgo su propia supervivencia.



El árbol se comporta como un comerciante responsable, reduciendo gastos en tiempos difíciles, recortando costes en tiempos complicados, para así poder subsistir, aun a costa de eliminar ciertos valores. Pero esta hoja marchita que tengo en la mano es equiparable al cierre temporal de una empresa, ya que todo lo necesario y de valor, fue puesto a buen recaudo, quedando como en una empresa solo el local vacio, a la espera de tiempos mejores, para empezar en un futuro más adelante una nueva andadura económica.

En otoño, cuando se disminuye el aporte lumínico y la aportación de alimento desciende, da la orden la planta de deshacerse de todo su lastre innecesario, en este caso serian las hojas, pero lo que todavía le queda de alimento en las hojas fluye a través de los diferentes conductos de estas, a la red de tallos y de allí a sus múltiples ramas y finalmente al tronco. En este punto se crea una barrera entre el tallo de la hoja y la rama, quedando la hoja herméticamente sellada de cualquier aporte de alimento y esta a consecuencia de ello termina secándose, por lo que la hoja muere, y queda a expensas del viento, desprendiéndose finalmente de la rama y cayendo silenciosamente al suelo. Así se va formando una manta de hojas multicolores que van creando una capa protectora para terminar arropando al tronco y a sus raíces, protegiéndolas del frio en un caso, evitando la evaporación de la humedad de la tierra en otro, y convirtiéndose definitivamente con el paso del tiempo en fantástico humus, un magnifico abono natural, por lo que al final, nada se ha perdido, nada se ha desperdiciado, como sucede en la economía, ajustes, y adaptación a las fluctuaciones de la situación económica del momento, para luego salir fortalecido. Todos estos movimientos económicos tuvieron que ser aprendidos por el ser humano de una manera lenta y laboriosa, en escuelas y universidades, durante largos años, siendo esto sin embargo para las plantas y los arboles, algo lógico y natural desde hace cientos de miles de años.

Esto nos enseña una y otra vez que la naturaleza es tremendamente sabia y que fijándonos en ella todavía tenemos mucho que aprender.

¡Nada se pierde, todo se reutiliza, pero a su debido tiempo y en su correcta medida!

Hans Klobuznik.

10 sept. 2015

Microrelato de una Fabula sin Moraleja -La Zorra y las Uvas-

Con gesto cansino volvía a dejar la zorra la banqueta en su sitio después de haberla utilizado para poder llegar y probar las verdes uvas que colgaban de la vieja y alta parra de una de las más fértiles huertas del lugar.

-Me lo podía haber imaginado, ¡acidas y verdes todavía! Dijo la zorra mientras decepcionada se tumbaba al pie de la vieja cepa, meneando la cabeza con gesto negativo, mientras se dejaba acariciar su brillante y plateado pelo por el cálido sol de la mañana.

Al rato, con un fuerte y ruidoso aleteo, se posaba un negro y feo cuervo en lo más alto de la parra, e impertinente y altanero como son los cuervos, le dijo a la zorra:

-¿Qué?... ¿Esperando a que caigan solas las uvas, o quizás están demasiado altas?

-Nada de eso amigo, ¡verdes como lechugas y ácidas como limones! Le contesto sin levantar la vista la zorra.

-¡Comprendo, comprendo!... Dijo el cuervo con una sonrisa burlona, y con gesto de superioridad escogió la uva más gorda de la parra y se la comió.

-¡Demonios!, ¡Aggg, maldita sea! Y escupiendo la verde y ácida uva, avergonzado, levantó el vuelo y con fuerte aleteo desapareció rápidamente.



La zorra levantó lentamente los párpados y sin decir esta boca es mía y con una amplia y maliciosa sonrisa, vio como se perdía el negro pajarraco rápidamente, dirección al incierto y lejano horizonte.

Hans Klobuznik.

2 mar. 2015

Historia del "Sombrero Panamá"

Uno de últimos artículos que escribí recientemente trataba sobre la moda femenina, refiriéndome a los vestidos estampados con grandes flores y alegres colores que ahora están tan de moda. Hoy sin embargo escribiré sobre algo que siempre me ha gustado sobremanera como son las gorras y los sombreros de caballero, en concreto, sobre uno que me tiene enamorado, pero ya hablaremos sobre él, ya que hay modas que no son pasajeras, que llegan para quedarse por los tiempos de los tiempos como en este caso.

Aunque hablar de sombreros tiene aparentemente poco que ver con las plantas y las flores, esto no es así, ya que los sombreros de los que voy a escribir están fabricados manual y artesanalmente con la fibra de las hojas de una palmera, de la variedad Carludovica palmata. Ya en mi infancia me gustaba ponerme todo tipo de gorras y sombreros. En verano me ponía continuamente una gorra con visera, la que llaman beisbolera, pero también tenía una gorra de "plato" de policía, regalo de mi tío, y mis primas me regalaron un gorro de soldado con su borla roja al frente, también lo tuve de vaquero, de pirata, con plumas, de indio etc. Todavía hoy suelo llevar todo tipo de gorras, de playa, de jugador de golf, de tipo verano, con visera etc. También suelo llevar en invierno un precioso sombrero de fieltro con ala, que me trajo mi hijo de Polonia que es calentito e impermeable. Pero el artículo de hoy va en concreto de un sombrero determinado y ya legendario, que personalmente me encanta siendo además uno de mis favoritos. Este es el famoso "Sombrero Panamá". Algunos dirán que también existen otros muchos modelos muy conocidos como el bombín, el cordobés, el tirolés, el canotier, el de copa o el famoso "Borsalino", sombrero hecho de pelos de conejo tipo fieltro, con una historia de más de 150 años y emblema de los gánster americanos más famosos de los años treinta. Pero para mí, el favorito es el "Sombrero Panamá".



Los primeros sombreros
El origen de nuestro actual sombrero es muy antiguo y su uso y forma se han ido transformando a lo largo del tiempo. Uno de los primeros registros que se tiene de esta prenda o accesorio es en las pinturas de las tumbas tebanas (La Necrópolis tebana es una zona de la orilla oeste del Nilo, frente a Tebas, en Egipto. Se utilizó en gran parte para entierros de reyes y nobles, especialmente durante el Imperio Nuevo del siglo XVI a.C.) En él, los egipcios aparecen con distintos y diferentes ornamentos en sus cabezas. Se cree que el "gorro frigio" (muy similar al que usan en los dibujos animados Los Pitufos), fue un sombrero utilizado en la Antigua Grecia (siglo XII a.C.) y que más adelante se utilizó como símbolo de libertad, formando parte del atuendo de los esclavos liberados en Grecia y Roma. Con un gorro de este tipo se cubrían también los marinos e igualmente era utilizado por las tropas que luchaban por la revolución francesa (1789-1799). Este fue uno de los primeros sombreros propiamente dichos, pero sin alas. El primer registro del sombrero con alas data en realidad del siglo V a.C. en Grecia, el cual fue usado por viajeros y cazadores para protegerse del sol y de la lluvia. El sombrero de Panamá, también llamado internacionalmente "Panamá Hat", nació realmente en Ecuador. El presidente Roosevelt lo llevó en la inauguración del canal centroamericano y ya no hubo forma de cambiarle el nombre desde entonces.

Después de desvelar su origen, diremos que se han llegado a pagar 35.000 euros por uno y sus fans van desde Al Capone a Sinatra, Brad Pitt o Julia Roberts que lo lució en Pretty Woman, en la ya recurrente escena de la carrera de caballos, con el vestido de lunares a juego. Harrison Ford, lo lució en cada una de las andanzas en Indiana Jones. Al Capone no se lo quitaba de encima. Ni Marlon Brando en El Padrino, igual que Frank Sinatra, Ernest Hemingway, Orson Welles o Winston Churchill. Y firmas como Hermès, que no ha dudado en colarlo en sus colecciones más exclusivas. 

Hablamos del clásico sombrero de Panamá. Perdón, sombrero de paja toquilla. Porque ése es su nombre real. Y con el que entró, en 2012, en la lista del -Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco- por su elaboración manual idéntica transmitida de generación en generación. Una «justicia histórica», según el Gobierno de Ecuador, ya que ése es el país de origen. Y no Panamá. Eso sí, se pueden encontrar de mil precios distintos según su calidad (su precio y calidad se mide por la finura de la hebra) y su tiempo de fabricación (desde tres semanas a seis meses). Empezamos por 30 euros, pasando por 300 y llegando a los 3.000 € los normalitos... Huelga decir que los chinos ya han copiado el invento poniéndole el sello de «Original», con la correspondiente demanda por parte de la justicia de Ecuador.

Para explicar la confusión sobre la procedencia hay que remontarse a finales del siglo XIX, cuando arrancó la construcción del Canal de Panamá. Entonces, se exportaron desde Guayaquil (Ecuador) más de 50.000 sombreros para que los obreros se protegieran del sol. La ligereza y frescura que proporcionaban estos sombreros realizados con la planta con la que se hacían (una especie de hoja de palma de tallos larguísimos y hojas tiernas) eran perfectas para soportar tantas horas de calor y sol a la intemperie. Es lo que pensó el presidente Americano Roosevelt en la inauguración del Canal en 1914, cuando no dudó en colocarse, también, uno. Esta acción fue decisiva para que la burguesía local se decantara también por ellos, esto, además unido al glamour de Hollywood... pues antes, era sólo cosa de obreros y trabajadores. Y eso que el origen viene de mucho antes pues ya en la época de los indígenas lo usaban. Después, vendrían los españoles, a quienes les gustaron esos curiosos gorros con forma de «alas de murciélago». Así quedó dicho en las crónicas. Hasta que los botánicos decidieron llamar a la planta de la que salían sus hojas, Carludovica palmata, en honor a Carlos IV.

La población de estas aldeas, así como otras de las provincias de Cañar y Loja, (Ecuador) siguen dedicándose hoy todavía a su producción artesanal. Al menos, en los primeros pasos: recogida de las hojas, cortado, cocción, secado al sol, entrelazado y tejido. La mayoría de trabajadores son mujeres, aunque depende de la fase de elaboración. Luego, bien armados con su cargamento, lo venden, cada domingo, en la plaza de María Auxiliadora de la ciudad de Cuenca (Ecuador).Allí se ubican las 14 empresas dedicadas al remate final (lavado, blanqueo, teñido, planchado, decoración...) hasta finalmente la exportación.

Algunas empresas, como la de Homero Ortega, con cinco generaciones a la espalda, o El Barranco que tienen hasta museo propio, que recorre las correrías del elegante complemento. En ellos también le darán pautas para conservarlo por los siglos de los siglos. Unos breves ejemplos 1) Si se mancha, una goma de borrar es la mejor opción. O una toallita de bebé. 2) Si no queda otra, se puede enrollar, pero hágase a la idea de que es un sacrilegio. 3) Si llueve, tire de chubasquero...

Glorificado durante el siglo XIX, el panamá desde entonces se ha considerado el príncipe de los sombreros de paja. El héroe nacional ecuatoriano y figura emblemática, Eloy Alfaro ayudó a financiar su revolución liberal en Ecuador a través de la exportación de "panamás".

Elaboración
La palmera "Carludovica palmata" comienza a poder explotarse después de tres años de sembrada, que es el tiempo que necesitan las tiras de palma para alcanzar su extensión máxima. Cinco días después que se cortan las tiras, se inicia el proceso de acondicionarlas para hacer los sombreros.

El proceso comienza cortando los cogollos de la palma y azotándolos para que se abran, después se rayan con una aguja las fibras de la hoja y se separan unas de otras; Ya que está rayado se hierve con azufre una hora y media para que se ponga blanco. Cinco días después de cortar las tiras, se inicia el proceso de acondicionarlas para hacer los sombreros, luego se secan al sol sobre una cuerda. Ahí las tiras se enrollan a lo largo y quedan listas para tejerlas.

Se requiere unas condiciones de humedad determinada para manejar la fibra de la palma, por lo que no se podría realizar al aire libre en este lugar debido al clima tan caluroso y seco, por lo que se realiza en cuevas.

El frío y la humedad que guardan las cuevas permiten mantener la flexibilidad de la palma para poder entretejerla con facilidad. La mayoría de estas cuevas fueron realizadas cuando se extrajo piedra caliza para construir distintas obras en la población. Para mantener la forma de la cabeza del sombrero mientras se teje, utilizan unos moldes de madera, y para conseguir una fina textura, bruñen la pieza con la parte más lisa de una concha de caracol de mar.

El acabado o planchado, se realiza en una prensa especial, que es la que le da forma deseada: redonda, tropical, española, tejana, indiana, norteña o pecos. El rallado de las hojas es de una, dos o tres partes o "partidas"; cuantas más partidas, más delgado queda el material y más fino el sombrero; el que se hace con hoja de una partida, se teje en tres días y el que se hace con una de cuatro partidas, tres semanas, de ahí la diferencia de calidad y de precio.

La máxima calidad de los sombreros se prueba arrugándolos y haciéndolos un taco que pueda pasar a través de un anillo, para luego soltarlos y dejar que recobren su forma, sin la menor arruga ni daño, lo que es sorprendente. La calidad es un tema muy disputado al tratar de los sombreros panamá. Hay dos procesos principales en su creación: el tejido y bloqueo. La mejor manera de calibrar la calidad de la estructura es contar el número de fibras por pulgada cuadrada. Menos de 300 serían consideradas de baja calidad. Los más raros y más costosos tienen de 1.600 a 2.000 fibras por pulgada cuadrada, y no es extraño que éstos se vendan a precios muy elevados. Se dan muchos niveles de calidad entre 300 y 1.600 fibras. Actualmente, aunque el panamá continúa hoy proporcionando un sustento para millares de ecuatorianos, sólo permanecen una docena de tejedores capaces de hacer unos sombreros de paja llamados "superfinos del montecristi".

Evite tomar el sombrero siempre por el mismo lado y/o ejercer mucha presión sobre el mismo, ya que con el tiempo la palma se fractura. Esto sucede sobre todo con las copas de los sombreros, que es el lugar favorito para sujetar los sombreros pero a su vez es una parte sensible. Los sombreros tienen una tela protectora en la punta para fortalecer esta parte.

La “Paja Toquilla” es un material orgánico que necesita de un grado de humedad para conservarse y mantener su flexibilidad. Por lo tanto, no es recomendable dejar el sombrero expuesto al sol en un ambiente cerrado.

Sugerencias adicionales
  • Si las alas se deforman levantándose, una buena estrategia para devolverles su forma original es utilizar una plancha a vapor protegiendo el sombrero con una tela.
  • Si el sombrero se llega a manchar o ensuciar levemente, una buena manera de limpiarlo es con una goma de borrar lápices.
  • Nunca con agua o con alcohol.
  • Para manchas más fuertes recomendamos utilizar las toallas de bebés o pañuelos faciales para ir removiendo poco a poco las manchas.
  • Cualquier producto químico inapropiado tiende a resquebrajar las hebras de paja del sombrero.
  • Sin embargo, si usted desea conservar perfectamente la forma original de su sombrero, es mejor evitar doblarlo o enrollarlo.
  • La “Paja Toquilla” material del que está hecho su sombrero, mantiene mucho mejor su flexibilidad natural, mientras no se seque por completo, evítelo y su sombrero se conservará por más tiempo. 
  • Guarde su sombrero en una habitación con un grado de humedad relativamente alto, como un baño o una bodega.
  • No es recomendable utilizar su sombrero bajo condiciones lluviosas, podría perder su forma.


Bueno ya sabéis, si queréis ir a la última, no pasar calor e ir elegante como los artistas de Hollywood cubriros con un "Sombrero Panamá" y salir a pasear tranquilamente por el bulevar de vuestro pueblo o ciudad cubiertos con esta auténtica joya.

Hans Klobuznik.

2 feb. 2015

Nubes

¿Quién no se ha fijado alguna vez en las nubes? ¿Quién no ha soñado alguna vez despierto mirando las nubes? ¿Y qué hay más bonito en el mundo que un cielo azul, salpicado de caprichosas y simpáticas nubes?

Ellas se convierten en juegos de niños, entretenimiento de mayores, reconfortan la mirada cansada del anciano, predicen el tiempo y son embajadoras de lluvias, tormentas y furiosos tornados, pudiéndose convertir unas veces en bendición y otras en ira para el campo. Son suaves, dulces, tranquilas, como pueda ser el alma de un bebé recién nacido, son bonitas, dulces y amigables como pueda ser un ángel, pero también pueden llegar a ser oscuras, despiadadas, crueles y traidoras como si fueran enviadas por la sombra cruel de la muerte.

Flotan plácidamente, brillantes, plateadas, elegantes, en finas y variadas capas, sobrepuestas las unas sobre las otras, navegan alegres, como arrastradas por grandes y níveas velas de lona hinchadas al viento, vuelan altas, bajas, rápidas, lentas, algunas están destrozadas en jirones, rotas, rojas, amarillas, blancas, naranjas o azuladas. Algunas se arrastran sigilosas, reptando lentamente como crueles asesinos, otras galopan salvajes como caballos albinos desbocados y otras suspendidas en el cielo parecen estar soñolientas o hasta plácidamente dormidas. Muchas de ellas tienen nombre propio, cirros, lenticulares, nimbos, stratos o cúmulos.



Sus múltiples y variadas formas nos hacen ver y soñar en lejanos parajes o aisladas islas, en elegantes pájaros o en garras de enormes gigantes, unas nos recuerdan a lejanas montañas nevadas, otras a bellos ángeles voladores, pero siempre se encuentran situadas entre el cielo y la tierra. Son el nexo entre lo terrenal y lo espiritual, entre lo real y lo etéreo. Formas singulares, soñadoras, acompañantes de campesinos trabajadores, de alegres y juguetones niños, de cansados paseantes y de jóvenes soñadores. Son el nexo entre lo actual y el futuro, entre la realidad y la imaginación. Nubes, preciosas nubes, vosotras traéis la sombra, la lluvia, la tormenta, la claridad, la alegría, la tristeza, la imaginación, la ilusión.

¿Quién no ha visto alguna vez en el transcurso de su vida, entre esa especie de gigantescas bolas de nieve o esos esponjosos paquetes de blanco algodón, decenas, cientos o quizás miles de formas o figuras representando flores, pájaros, montañas o mapas? y si me apuráis aún más, ¿quién no ha visto reflejado alguna vez en el cielo la cara de ese ser querido de ese amigo, de ese artista, o quizás de aquella persona que ya no está entre nosotros?

Nubes, formas, imágenes, colores, recuerdos, todo efímero, todo real a la vez que todo irreal... ¡Nubes, solo nubes!

Hans Klobuznik.

P.S. Ejemplo de algunos refranes sobre nubes:

  • Nubes cola de gato, viento van a darnos un buen rato.
  • Nubes con franjas o ribetes, aferra bien los juanetes.
  • Nube baja y como humo, trae mucha agua presumo.
  • Cielo jaspeado, viento fresco agarrado.
  • No salgas del puerto, si las nubes no corren con el viento.
  • Nubes en la cordillera, marineros a la ribera.
  • Nubes barbadas, viento a carretadas.
  • Cielo aborregado, en tres días mojado.
  • Cielo empedrado, suelo mojado.