11 feb. 2014

Nevando

Bzzz. Bzzz. Bzzz. Toca el despertador, lo apago y tras remolonear todavía un par de minutos en la cama, me levanto lentamente. Como todos los días, lo primero que hago es acercarme a la ventana y tras correr el visillo miro con curiosidad para ver qué tiempo hace, y como amanece el día, disponiéndome a continuación a preparar mi café, negro, fuerte, caliente, y con un poco de azúcar.

Pero… ¡oh! sorpresa, todo está blanco, y nieva, nieva y nieva y ni se sabe la cantidad de lo que nieva, y sé mucho sobre el nevar. No para. Esto parece no tener principio ni fin. Ya no existe ni cielo, ni tierra ni aire, todo es un nevar blanco y gris. Tejados, árboles y calles están cubiertas de nieve. Nieva sobre todo, y esto es comprensible, pues cuando cae, cae también sobre todo, sin excepción. Todo tiene que soportar el blanco manto de la nieve, tanto si está en movimiento, como si está quieto. Bancos, vallas, piedras o personas, vehículos o animales, todos llevan su carga blanca. Nada se libra de su manto blanco, excepto el interior de túneles, cuevas o casas. Bosques enteros, así como edificios, campos, pueblos o ciudades se ven cubiertas de nieve. Solo se salvan los ríos y lagos, ya que estos absorben los copos por muy espesos que estos sean.

Nieva sin mirar si cae sobre flores, plantas, piedras, botes, gatos, perros, vacas o gorriones, así como sobre sombreros, abrigos, zapatos o coloradas y pecosas naricillas. Nada se libra, ni el pelo de las chicas guapas, ni la cara de los alegres niños, ni las pestañas y bigotes de los vendedores ambulantes. Todo lo que anda, se arrastra, salta, se mueve o esta inmóvil, es suave y dulcemente cubierto por la nieve. Los setos se adornan con gruesas boinas blancas, los carteles e indicadores se vuelven ilegibles, los caminos se confunden con el campo, los tejados se vuelven blancos, las ramas se tiñen de blanco, los montes están blancos, los campos se confunden con el horizonte, todo absolutamente todo se vuelve blanco. Y sigue nevando y nevando, con contundencia, sin pausa, sin prisa, parece que ya nunca va a parar. Ya no se distinguen los colores, rojos, verdes, azules o amarillos, ahora todo está cubierto por el blanco, todo es de color blanco.

Mires donde mires, todo está blanco. Y un gran silencio abraza todo, parece que ni siquiera hace frío. Se percibe una agradable sensación de tranquilidad, suavidad y de limpieza, que poco a poco se va apoderando de todo. Realmente parece imposible poder ensuciarse sobre este manto blanco. Las ramas de los distintos árboles, cedros, pinos, abetos y de los diferentes arbustos cubiertos de nieve, se doblan bajo el peso de la gruesa capa blanca que los cubre, entorpeciendo el paso por el camino. ¿El camino? ¿Qué camino? Como si todavía existiese este. Se pisa con cuidado y prudencia, procurando no salirse de él. El silencio lo envuelve todo, la nevada ha cubierto todo ruido, todo sonido, cada tono, y solo se escucha el más absoluto de los silencios. El calor agradable y envolvente de las chimeneas y estufas protege a las personas en sus casas, en sus diferentes estancias, en sus salones, cocinas, despachos o cuartos infantiles.



Sigue nevando, ahora todo semeja ser redondo, las esquinas, puntas, cantos, todo, todo está nevado. Lo que antes estaba anguloso y puntiagudo, ahora tiene una boina blanca, todas las formas están suavizadas y redondeadas, así como sus bordes y ángulos. Todas las formas duras, gruesas, toscas, vastas y desiguales, esperan ahora la posibilidad de ser cubiertas por la nieve. Allá donde tu vayas pisarás solo sobre una manta blanca suave y blanda y lo que toques será suave, húmedo y agradable. Todo está como cubierto por un grueso edredón, todo está equilibrado, sereno, pacífico. Donde antes se podían distinguir muchas formas, fuesen pequeñas o grandes, redondas o cuadradas, ahora solo se ve y hay una sola y única cosa, y es nieve, nieve y más nieve. Que bonitas y que simpáticas son todas esas variadas y caprichosas formas y apariciones que se forman repentinamente, convirtiéndose en una sola imagen, como si fuese un único cuadro. Pero sobre todo predomina una única estampa y esa estampa es la nieve. Lo que destacaba, se atenúa, lo que sobresale, se suaviza y la característica principal en el mejor de los casos es un precioso y sublime conjunto.

El tiempo no corre, no pasa, parece no querer transcurrir, da la sensación de estar detenido, y yo sigo ensimismado mirando a través de la ventana, dejo la humeante taza de café sobre la mesa, paso suavemente la mano por el frío cristal de la ventana para limpiar el vaho que deja la cálida respiración de mi boca sobre él para seguir viendo ensimismado como si estuviese poseído o quizás embrujado, como nieva y nieva y nieva y sigue suave y plácidamente nevando.

Hans Klobuznik.

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