26 dic 2021

Un cuento de Navidad

Se acercaba la Navidad, y todos habitantes del pequeño pueblo serrano, se reunían en el atrio de la iglesia, alrededor del enorme roble que presidía la placeta que cubierta de pequeños toldos y casetas, protegían de la intensa nevada caída ya hace varios días a los diferentes puestos solidarios que ofrecían todo tipo de productos, para recaudar los fondos necesarios, para cubrir las necesidades básicas de los más necesitados en estas fechas tan determinadas.

Unos vendían calcetines, guantes y gorros de lana, otros vendían rosquillas, bizcochos y turrones, varios ofertaban voceando sus productos hechos a mano artesanalmente como juguetes de cartón y hojalata. Así todos tenían algo que comprar o vender. Todo era alegría y buen humor. Los niños del colegio público, cantaban villancicos y la rondalla tocaba alegres canciones. Al acercarse ya la noche y empezar a bajar rápidamente la temperatura, pasó el párroco acompañado de dos feligreses puesto por puesto, para recaudar el dinero obtenido.

Ya noche cerrada, el párroco y sus dos acompañantes entraron en la iglesia para guardar el dinero en el armario de la sacristía. Al entrar, vieron a un hombre arrodillado en un banco que rezaba en voz baja. -Hijo mío ¿necesitas algo?-. Le preguntó el párroco. -Nada padre, únicamente me gustaría quedarme un rato más rezando, antes de volver a la pensión-. -De acuerdo hijo, cuando termines tira de la puerta desde fuera y la puerta quedará cerrada-. Tras dejar el dinero en el armario de la sacristía salieron los tres hombres, tras desearle buenas noches al forastero.

A la mañana siguiente, el párroco entró a la iglesia y a continuación a la sacristía, para preparar la primera misa del día. Pero, aaaah… cuál fue su sorpresa cuando vio todos los cajones por el suelo, todos los armarios revueltos y la caja del dinero recaudado la noche anterior desaparecida. Dando una fuerte patada al suelo, salió corriendo en dirección al campanario. Allí se colgó de la soga de la campana y empezó a tocar la señal de alarma. Al poco tiempo todo el pueblo estaba reunido y expectante en la puerta de la iglesia. -¡Padre, padre! ¿Qué sucede?- gritaban todos. -¡Nos han robado, nos han robado todo el dinero de la tómbola!-. 

Todos indignados empezaron a pensar quién podía ser el ladrón. A eso, un niño levantó tembloroso la mano y dijo balbuceando: -Yo vi esta mañana salir a un hombre de la iglesia, y llevaba una caja bajo el brazo. Se fue corriendo en dirección al bosque. Perdón, no pensé que fuese un hombre malo...-. -¡A por él, vamos todos tras el! ¡Sigamos sus huellas en la nieve!-.

Pero al llegar al bosque perdieron la pista de las pisadas, pues las copas de los pinos habían evitado que la nieve cuajase en el suelo. Sin embargo, el fugitivo aprovechó esa misma circunstancia para meterse en el bosque y corre que corre intento huir sin ser visto. Al cabo de un buen rato, y jadeando de puro cansancio, llegó al final del bosque, donde tras terminarse la arboleda y los matojos, vio ante sí una enorme explanada donde era imposible esconderse.

Muerto de miedo, se quedó petrificado pues ya llegaban a sus oídos los gritos de sus perseguidores, todos los vecinos del pueblo le perseguían. De pronto, entre la maleza del bosque apareció un anciano tirando de un carro de mano lleno de haces de paja, se postra el ladrón de rodillas ante el anciano y balbuceando le dice: -Buen hombre, por Dios os suplico, ¡ayúdeme!- .-Joven, ¿qué queréis de mí?- le contesta. -Que me escondáis en el carro y no me delatéis, y si eso hacéis, os daré una caja repleta de billetes y monedas, buen hombre-. Tras meditar unos segundos, le dijo el anciano: -Que así sea. Meteos dentro del carro, cubríos con la paja, y no digáis ni una palabra-.

Momentos después empezaron a llegar hombres, mozos, jóvenes, mujeres y niños, todos pertrechados con palos, con cuerdas y otros con cadenas. Al ver al anciano pararon y le preguntaron: -Señor, ¿habéis visto por aquí correr a un malandrín con una caja de madera bajo el brazo?-. -No vi a nadie-, contestó este. -¿Y qué delito cometió el tal malhechor?-. -Pues nos robó toda la recaudación del mercadillo solidario que guardábamos en la iglesia-. -Cuanto lo siento, pero si llegase a verle no os preocupéis, que os lo haré saber con un fuerte silbido-.

Tras dar todos los perseguidores varias vueltas por la zona sin éxito, y ya cansados de tanto correr, toman malhumorados y decepcionados el camino de regreso al pueblo. Al quedar la zona despejada y quedarse el anciano solo, destapa el carro quitando la parte superior de los haces de paja y con voz suave pero decidida, le dice al ladrón: -Salvaste el pellejo amigo, pues dame ahora la caja con las monedas-. -Eso te crees tú, viejo tonto, ¿cómo te voy yo a dar lo que tanto aprecio?-, le contesta el sinvergüenza al anciano. -Eso pensé yo que dirías y por eso te puse a prueba, a ver si te enmendabas y reconocías tu mala acción dándome la caja del dinero, y arrepintiéndote de tu fechoría, pero como veo que no tienes solución, atente a las consecuencias.

El anciano se mete los dedos en la boca y emite un tremendo silbido que se oyó en todo el valle. En ese mismo momento, salen de entre la maleza dos enormes perros de presa que saltando y ladrando salvajemente rodean al ladrón y hacen que muerto de miedo y temblando se tire al suelo y pida perdón. El anciano, acercándose lentamente al muchacho le quita de las manos la caja del dinero y acercándose a su oído le susurra muy bajito: -Este dinero es robado, y yo te ofrecí la oportunidad de devolverlo, pero no quisiste aprovechar la oportunidad que te di, ahora atente a las consecuencias. Pronto estarán aquí los vecinos y el alguacil para hacerse cargo de ti-. Dándose la vuelta el anciano, cogió su carro lleno de paja y lentamente se metió en el bosque perdiéndose en él.

Avisados por el silbido del anciano llegaron rápidamente los vecinos y el alguacil a la explanada donde los dos mastines mantenían de rodillas y muerto de miedo al malvado muchacho, que llorando pedía que le apartasen de una vez los dos enormes perros de presa. Tras tranquilizar a los perros, le pusieron los grilletes en manos y pies, y llevaron detenido al ladrón al calabozo del cuartelillo, del hasta hoy tranquilo y alegre pueblo. Con la alegría de haber detenido al ladrón nadie se percató de que en un momento determinado, desaparecieron ambos perros sin que nadie se diese cuenta. Pero cual fue la sorpresa de todos, que entrando en el pueblo, vieron la puerta de la iglesia abierta de par en par, y acercándose temerosos a su interior vieron que en el primer banco se encontraba la caja de madera abierta, repleta de los billetes y monedas recaudados el día anterior.

Nadie había visto nada, y mirándose sorprendidos unos a otros preguntaron: -¿Dónde está el anciano del carro y sus dos perros? ¿Alguien los vio? Pero nadie los había visto, ni nadie supo de ellos y nadie los volvió jamás a ver.

Hans Klobuznik

13 dic 2021

Mi último día de vacaciones

Toca impasible el despertador. Está amaneciendo, y ya empieza a hacer calor en la habitación. Rápidamente me ducho, y me dispongo a vestirme lentamente con mi traje de sastrería italiana que llevare durante todo el día. Me siento preso en él, como si estuviese atrapado en el interior de una armadura medieval.

Hoy es mi último día de vacaciones en el mar. Se terminó agosto y con él la buena vida. Otra vez a madrugar, la oficina, el teléfono, la ansiedad, el estrés. Me miro en el espejo y me encuentro rarísimo metido en ese disfraz ciudadano tan rígido, tan impersonal.

La culpa la tienen lógicamente las cuatro semanas que llevo vistiéndome como el capitán de una goleta de la época del pirata Drake. Pantalones cómodos de hilo blanco, camisa fresquita a rayas horizontales azules y blancas, chanclas de playa y sobre la cabeza un elegante sombrero modelo Panamá. Por supuesto, de afeitarme, nada. A ver si con el tiempo conseguía una tupida barba negra. Supongo que en el fondo lo que pretendía era parecerme a un auténtico lobo de mar. Tuve además la tentación de comprarme una de esas preciosas pipas de madera de boj, pero al final desistí, ya que yo ni siquiera fumo.

Sin embargo, ahora fíjate cómo voy vestido. Todo fino y elegante. Pantalón de traje, con su raya recién planchada, cinturón de cuero fino negro, mocasines negros recién pulidos, camisa de seda blanca y una preciosa blazer bien ajustadita de tres botones. Voy como un pincel, vamos. Tras mirarme tristemente en el espejo, salgo con paso lento a la calle.

Es mi último paseo del verano. Tomo una de las estrechas y encaladas callejas, que como en todos los pueblos marineros desembocan al final o en el puerto o en la playa. Al llegar a su pequeño paseo marítimo, tomo la dirección del enorme y majestuoso faro. Es imponente, pintado en anchas franjas horizontales de color rojo y blanco y en su parte superior el espectacular faro que guía en las oscuras noches a los barcos, tanto pesqueros como de recreo en su entrada a puerto. Según avanzo por el paseo, van cayendo lentamente los recuerdos uno tras otro, como las hojas amarillas que a primeros de otoño caen del árbol adormecido. El camino serpenteante que bordea las enormes rocas de la costa me lleva como si fuese flotando sin destino determinado.

Al llegar al primer recodo, espero encontrarme con Miguel, pescador jubilado, que todos los días sin fallar alguno está sentado en su pequeña banqueta, sujetando con sus rudas manos su larga caña de pescar. Junto a él, su cesta de pescador, y su bote de gusanos de cebo. Es un hombre rudo, de tupida barba blanca y profundas arrugas en la cara, jamás le oí decir una sola palabra, ni siquiera te contestaba cuando le dabas los buenos días, simplemente movía ligeramente la cabeza de un lado al otro. Siempre le vi con un cigarro humeante en la comisura de sus labios. Pero ya no estaba él.

El paseo ya no era el mismo, le empezaban a faltar los actores principales. Desilusionado, regreso lentamente a mi humilde pensión. La playa está semidesierta, las sombrillas y toallas de alegres colores ya no alegran el paisaje de la playa. No se oyen los alegres gritos y risas de los niños y jóvenes. Solo se percibe a lo lejos el sonido monótono y constante de las olas rompiendo suavemente sobre la arena. Sigo andando y me acerco al kiosco de helados y chucherías que está a medio camino entre la playa y el puerto. Lo regenta María, una preciosa joven de grandes ojos verdes y largo pelo negro. ¡Cerrado! Era de esperar, si ya no hay niños ni veraneantes, ¿Para qué lo va a tener abierto? Sigo andando y me acerco al bar. Se llama La Goleta. Todos los días casi a la misma hora me tenían preparado un suculento desayuno sin tener yo siquiera que pedirlo. Zumo de naranja, tostada de pan, aceite de oliva y tomate rayado. Hoy ya no me lo tienen preparado, saben que ya no entraré más durante este año. Sigo andando y veo como una pareja cruza la calle con una silla plegable en una mano, y una pequeña sombrilla en la otra. Al fin algo de color y alegría que dará vida a la adormecida playa de blanca y fina arena. Abandono el paseo marítimo y subo por una de sus blancas y estrechas calles en dirección a mi pensión.

Paso por delante de la frutería donde todos los días compraba la fruta para mi cena, pero paso de largo sin detenerme, sin saludar y sin acariciar al pequeño gato negro de la tienda de nombre Tizón. Noto como el gatillo negro acostumbrado a mis caricias diarias se extraña y me maúlla mirándome con cara triste. Sigo andando, pero al poco paro y girando la cabeza hacia atrás vuelvo a ver por un instante el mar. Verde, inmenso, tranquilo, luego sigo lentamente mi ascenso. Me vuelvo a parar, porque se me acumulan los recuerdos unos sobre otros. Cierro por unos momentos los ojos, y me veo tumbado sobre la cálida y fina arena, dejándome acariciar por la suave brisa del mar.

Así paso las horas muertas, mirando el ir y venir de las olas, oteando a lo lejos el horizonte infinito del mar. El sol me va tostando poco a poco, y cuando ya no resisto más, me levanto y me meto lentamente en el mar. Chapoteo, me refresco la cabeza, me siento un rato en la arena cálida de la playa y meto los pies en la fresca agua del mar. Yo no soy un gran nadador, pero me encanta y disfruto de la sensación del agua sobre mi cálida piel. En esta posición puedo pasar las horas muertas, viendo jugar a los niños con sus cubos y sus palas, y cerrando los ojos me encanta oír los graznidos de las gaviotas sobrevolando el mar, a la espera de lanzarse en picado en busca de un suculento pez.

Estas sensaciones me llenaban, me recargaban las pilas, me tranquilizaban. Ahora me siento vacío, triste, mustio. Siento como si el mar me hubiese dejado a mí y no yo a él. Vuelvo a mirar por última vez el mar, y oyendo su suave oleaje, en voz baja susurro sin que nadie me pueda oír: "Si, tienes razón, no pertenezco aquí, soy rata de ciudad, ¿no ves que llevo corbata?". Sigo andando y sin parar, paro un taxi, cargo las maletas y marcho en dirección a mi ciudad. Si alguien me preguntase alguna vez que donde pasé este verano, le diré: En la playa, en alguna playa, en cualquier playa.

Hans Klobuznik.


Un buen negocio

Dos amigos se encuentran en la calle, y tras saludarse efusivamente, deciden charlar dándose una vuelta por el parque.
-¡Que perro tan bonito tienes!
-Sí, es de pura raza, cazador pero muy casero y listísimo.
-Yo le quiero como a un hijo…
-Ya me gustaría a mi tener uno así.
El dueño del perro se detiene y dice:
-¡No me digas! ¿Te gustaría tener uno
 -Si
-Bueno, es mucha la amistad que nos une. Nos conocemos desde hace más de cincuenta años, desde la época del colegio.
-Sí, es verdad, me acuerdo perfectamente.
-¿Qué me dices si te lo vendo? Por supuesto, te haría un precio especial. Lo compré de cachorrillo y me costó 500 euros, claro con su correspondiente pedigrí. Me lo trajeron nada menos de Alemania.
-¿Qué es perro o perra?
-¿A ti que te gustaría tener?
-Perra, para criar cachorrillos.
-Pues tuviste suerte, es perra, y además te voy hacer un precio especial. No te voy a cobrar el coste del adiestramiento, ni las visitas al veterinario, ni la alimentación... te lo voy a vender solo por 1000 euros.
-Ya, pero va a ser imposible, ¿dónde lo meto?
-No, no creo que mi mujer me dejase meter un perro en casa.
-¡Que por eso no sea! Venga, dame 600 y no se hable más. Además, en todo caso a mi mujer le gustaría que fuese perro, para que la defienda mejor.
-Sea, a 400 puedo rebajártelo.
-En todo caso te lo compraría en dos años, pues estoy a punto de cambiarme de piso.
-Amigo, aprovecha esta oportunidad, último precio, 200 y no hablemos más.
-Te voy a decir la verdad, estoy en bancarrota, la empresa donde trabajaba quebró, me despidieron y llevo meses sin cobrar. No puedo permitirme ningún gasto extra.
-Déjame pensar hombre, eres mi amigo, te conozco hace cincuenta años, tienes problemas económicos, ¿no voy a tener yo un detalle contigo? ¡Toma! Te lo regalo, es tuyo.
Acarició al perro, le dio cariñosamente unas palmaditas en el lomo, y con una amplia sonrisa le puso la correa en la mano despidiéndose así de él. Siguieron un rato andando en silencio sin decir palabra. Al rato el nuevo propietario del perro se para, mira a su amigo, y con voz compungida le dice:
-No puedo consentirlo, ¡no! ¿Cómo me voy a quedar yo con tu perro? Con lo que tú le quieres... ¡Ni hablar, esto no puede ser! He pensado una solución que nos satisfará a los dos.
-¿Si? Bueno, a ver, dime.
-Como tú quieres tanto a tu perro, y yo no tengo dinero para cuidarlo, me das 200 euros y te vendo mi perro, pero como tu bien sabes, su precio real es como mínimo de 1000 euros, pero por la amistad que nos une y excepcionalmente, yo te lo voy a vender por solo 200 euros.
El amigo se detiene, piensa un momento, sonríe y dice:
-Me agrada el trato, lo veo justo, a mí me encanta el perro, y tú no andas bien económicamente, pues yo te lo recompro por 200 euros, y los dos salimos ganando.
Los dos amigos se dan la mano, uno saca la cartera, le da los 200 euros, el otro, sonríe y le da el perro, se dan un abrazo, se despiden y cada uno sigue satisfecho su camino.
Hans Klobuznik.

2 may 2016

Poesía - "Tu Fortuna"

¿Quién te ha dado tu casa o tu dinero?

¿O son fruto de tu trabajo honrado?.

¿O quizás tu padre te lo ha legado?

Ojalá no sea de botín robado...

Si el dinero que das al pobre, lo ganaste con tu sudor, te has superado,

si es por herencia, cuida que este bien empleado.

Deja siempre algo de lo que te sobre,

porque recuerda que algún dia podrá sacarte de pobre.

Aprende bien esta lección,

pues el dinero fácil no es la solución

Así el trabajo y el ahorro te daran, la mayor alegria y satisfacción.

Hans Klobuznik.

4 abr 2016

Microrelato - "Juegos en el parque"

Una madre lleva a su hijo al parque para que juegue con sus amiguitos. Ella se sienta en un banco y el niño sale corriendo a jugar con los demás críos.

Entre gritos y risas juegan a esconderse, a la comba, a los piratas...

Al rato viene el niño y entre sollozos le dice a su madre:

-Mamá, mamá, ¡Kiko me quiere morder!

-Tu no le hagas rabiar y sigue jugando con él.

-Ven, vamos a jugar a la pelota, ¿no ves mamá? Kiko no me hace caso y prefiere jugar con Lola.

-Bueno, no le hagas caso, ¡suelta la correa y deja de tirarle del rabo!

Hans Klobuznik.

15 mar 2016

Microrrelato - "Lucía"

Lucía se levantó temprano como cada dia para llevar a su hijita a la guardería.

Rápidamente se vistió, despertó a su hijita, la lavó, dio de desayunar, vistió y la peinó con todo su esmero.

A la misma hora, como cada dia salieron las dos con paso ligero, camino de la escuela.

Al pasar frente a un parque infantil decidió pararse un rato, y sentándose en un banco dejó a su hijita montarse en los columpios.

De pronto una voz cálida, cariñosa, suave pero a la vez determinante, dijo: "Lucia, cariño, baja a tu muñeca del columpio y vamos ya a la guarderia, ¡se nos hace tarde!"

Hans Klobuznik

27 oct 2015

Hoja de Otoño

Ya estamos a finales de octubre y se notan los días más cortos, las noches más frescas y el ambiente más húmedo. En uno de mis paseos por el campo me detengo un momento para descansar, y sentándome sobre una roca observo cómo cambia la naturaleza.

Los árboles de hoja caduca están amarilleando, y algunos ya se han despojado de sus hojas. Instintivamente cojo una hoja del suelo y la observo detenidamente. Medio marrón, medio amarilla, blanda, suave, fina. Al tacto se nota que tiene una finísima capa superior, advirtiendo que está compuesta por varias capas más, estas, casi imperceptibles. Da la sensación de irse a deshacer en cualquier momento, pero no, es fuerte y resistente como lo es su propio árbol. Es como si se repitiese un minúsculo árbol, en su propia hoja. El nervio central que se extiende desde el extremo inferior al otro extremo superior de la hoja, hace de tronco. De ese nervio se distribuyen a derecha e izquierda como si fuesen ramas, otros nervios más finos, que a su vez vuelven a ramificarse, cruzándose entre sí dando la sensación, como si fuesen sus propias hojas.

Un nido de hilos, nervios y conductos... es la hoja. Es como ver el interior de un árbol. Los conductos que como tuberías o vasos conductores ascendentes, conocidos estos como xilema, transportan desde los pelos absorbentes de las raíces a los puntos más extremos de sus ramas y hojas, los jugos, sales minerales y demás alimentos. A continuación, a través de sus poros, absorben la humedad de la lluvia y el rocío, y por sus estomas absorben el dióxido venenoso, devolviéndolo en saludable oxigeno. Terminando a continuación en un complejo proceso químico a través del sol y la luz, haciendo posible la fotosíntesis.

Pensar, que un organismo tan complejo y excepcional se pueda pudrir sin mayor sentido tras marchitarse, después de haberse caído del árbol al suelo… Decimos, ¿sin sentido?

¡Veamos! Realmente los arboles de hoja caduca, no necesitan las hojas en invierno. Cuando las hojas son cubiertas por la nieve, el sol no puede penetrar en ellas y estas no pueden realizar su función. Además el peso que tendría que soportar la rama sería demasiado, partiéndose la rama del tronco y dañando a este y cayendo finalmente al suelo. En días de sol en invierno y al tener que evaporar la hoja gran cantidad de agua, esta no puede ser reemplazada a través de la absorción por sus raíces, ya que la tierra se encuentra en la mayoría de las veces dura y helada. Entonces tendría el árbol que recurrir a sus reservas de alimento, poniendo en riesgo su propia supervivencia.



El árbol se comporta como un comerciante responsable, reduciendo gastos en tiempos difíciles, recortando costes en tiempos complicados, para así poder subsistir, aun a costa de eliminar ciertos valores. Pero esta hoja marchita que tengo en la mano es equiparable al cierre temporal de una empresa, ya que todo lo necesario y de valor, fue puesto a buen recaudo, quedando como en una empresa solo el local vacio, a la espera de tiempos mejores, para empezar en un futuro más adelante una nueva andadura económica.

En otoño, cuando se disminuye el aporte lumínico y la aportación de alimento desciende, da la orden la planta de deshacerse de todo su lastre innecesario, en este caso serian las hojas, pero lo que todavía le queda de alimento en las hojas fluye a través de los diferentes conductos de estas, a la red de tallos y de allí a sus múltiples ramas y finalmente al tronco. En este punto se crea una barrera entre el tallo de la hoja y la rama, quedando la hoja herméticamente sellada de cualquier aporte de alimento y esta a consecuencia de ello termina secándose, por lo que la hoja muere, y queda a expensas del viento, desprendiéndose finalmente de la rama y cayendo silenciosamente al suelo. Así se va formando una manta de hojas multicolores que van creando una capa protectora para terminar arropando al tronco y a sus raíces, protegiéndolas del frio en un caso, evitando la evaporación de la humedad de la tierra en otro, y convirtiéndose definitivamente con el paso del tiempo en fantástico humus, un magnifico abono natural, por lo que al final, nada se ha perdido, nada se ha desperdiciado, como sucede en la economía, ajustes, y adaptación a las fluctuaciones de la situación económica del momento, para luego salir fortalecido. Todos estos movimientos económicos tuvieron que ser aprendidos por el ser humano de una manera lenta y laboriosa, en escuelas y universidades, durante largos años, siendo esto sin embargo para las plantas y los arboles, algo lógico y natural desde hace cientos de miles de años.

Esto nos enseña una y otra vez que la naturaleza es tremendamente sabia y que fijándonos en ella todavía tenemos mucho que aprender.

¡Nada se pierde, todo se reutiliza, pero a su debido tiempo y en su correcta medida!

Hans Klobuznik.

10 sept 2015

Microrelato de una Fabula sin Moraleja -La Zorra y las Uvas-

Con gesto cansino volvía a dejar la zorra la banqueta en su sitio después de haberla utilizado para poder llegar y probar las verdes uvas que colgaban de la vieja y alta parra de una de las más fértiles huertas del lugar.

-Me lo podía haber imaginado, ¡acidas y verdes todavía! Dijo la zorra mientras decepcionada se tumbaba al pie de la vieja cepa, meneando la cabeza con gesto negativo, mientras se dejaba acariciar su brillante y plateado pelo por el cálido sol de la mañana.

Al rato, con un fuerte y ruidoso aleteo, se posaba un negro y feo cuervo en lo más alto de la parra, e impertinente y altanero como son los cuervos, le dijo a la zorra:

-¿Qué?... ¿Esperando a que caigan solas las uvas, o quizás están demasiado altas?

-Nada de eso amigo, ¡verdes como lechugas y ácidas como limones! Le contesto sin levantar la vista la zorra.

-¡Comprendo, comprendo!... Dijo el cuervo con una sonrisa burlona, y con gesto de superioridad escogió la uva más gorda de la parra y se la comió.

-¡Demonios!, ¡Aggg, maldita sea! Y escupiendo la verde y ácida uva, avergonzado, levantó el vuelo y con fuerte aleteo desapareció rápidamente.



La zorra levantó lentamente los párpados y sin decir esta boca es mía y con una amplia y maliciosa sonrisa, vio como se perdía el negro pajarraco rápidamente, dirección al incierto y lejano horizonte.

Hans Klobuznik.

2 mar 2015

Historia del "Sombrero Panamá"

Uno de últimos artículos que escribí recientemente trataba sobre la moda femenina, refiriéndome a los vestidos estampados con grandes flores y alegres colores que ahora están tan de moda. Hoy sin embargo escribiré sobre algo que siempre me ha gustado sobremanera como son las gorras y los sombreros de caballero, en concreto, sobre uno que me tiene enamorado, pero ya hablaremos sobre él, ya que hay modas que no son pasajeras, que llegan para quedarse por los tiempos de los tiempos como en este caso.

Aunque hablar de sombreros tiene aparentemente poco que ver con las plantas y las flores, esto no es así, ya que los sombreros de los que voy a escribir están fabricados manual y artesanalmente con la fibra de las hojas de una palmera, de la variedad Carludovica palmata. Ya en mi infancia me gustaba ponerme todo tipo de gorras y sombreros. En verano me ponía continuamente una gorra con visera, la que llaman beisbolera, pero también tenía una gorra de "plato" de policía, regalo de mi tío, y mis primas me regalaron un gorro de soldado con su borla roja al frente, también lo tuve de vaquero, de pirata, con plumas, de indio etc. Todavía hoy suelo llevar todo tipo de gorras, de playa, de jugador de golf, de tipo verano, con visera etc. También suelo llevar en invierno un precioso sombrero de fieltro con ala, que me trajo mi hijo de Polonia que es calentito e impermeable. Pero el artículo de hoy va en concreto de un sombrero determinado y ya legendario, que personalmente me encanta siendo además uno de mis favoritos. Este es el famoso "Sombrero Panamá". Algunos dirán que también existen otros muchos modelos muy conocidos como el bombín, el cordobés, el tirolés, el canotier, el de copa o el famoso "Borsalino", sombrero hecho de pelos de conejo tipo fieltro, con una historia de más de 150 años y emblema de los gánster americanos más famosos de los años treinta. Pero para mí, el favorito es el "Sombrero Panamá".



Los primeros sombreros
El origen de nuestro actual sombrero es muy antiguo y su uso y forma se han ido transformando a lo largo del tiempo. Uno de los primeros registros que se tiene de esta prenda o accesorio es en las pinturas de las tumbas tebanas (La Necrópolis tebana es una zona de la orilla oeste del Nilo, frente a Tebas, en Egipto. Se utilizó en gran parte para entierros de reyes y nobles, especialmente durante el Imperio Nuevo del siglo XVI a.C.) En él, los egipcios aparecen con distintos y diferentes ornamentos en sus cabezas. Se cree que el "gorro frigio" (muy similar al que usan en los dibujos animados Los Pitufos), fue un sombrero utilizado en la Antigua Grecia (siglo XII a.C.) y que más adelante se utilizó como símbolo de libertad, formando parte del atuendo de los esclavos liberados en Grecia y Roma. Con un gorro de este tipo se cubrían también los marinos e igualmente era utilizado por las tropas que luchaban por la revolución francesa (1789-1799). Este fue uno de los primeros sombreros propiamente dichos, pero sin alas. El primer registro del sombrero con alas data en realidad del siglo V a.C. en Grecia, el cual fue usado por viajeros y cazadores para protegerse del sol y de la lluvia. El sombrero de Panamá, también llamado internacionalmente "Panamá Hat", nació realmente en Ecuador. El presidente Roosevelt lo llevó en la inauguración del canal centroamericano y ya no hubo forma de cambiarle el nombre desde entonces.

Después de desvelar su origen, diremos que se han llegado a pagar 35.000 euros por uno y sus fans van desde Al Capone a Sinatra, Brad Pitt o Julia Roberts que lo lució en Pretty Woman, en la ya recurrente escena de la carrera de caballos, con el vestido de lunares a juego. Harrison Ford, lo lució en cada una de las andanzas en Indiana Jones. Al Capone no se lo quitaba de encima. Ni Marlon Brando en El Padrino, igual que Frank Sinatra, Ernest Hemingway, Orson Welles o Winston Churchill. Y firmas como Hermès, que no ha dudado en colarlo en sus colecciones más exclusivas. 

Hablamos del clásico sombrero de Panamá. Perdón, sombrero de paja toquilla. Porque ése es su nombre real. Y con el que entró, en 2012, en la lista del -Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco- por su elaboración manual idéntica transmitida de generación en generación. Una «justicia histórica», según el Gobierno de Ecuador, ya que ése es el país de origen. Y no Panamá. Eso sí, se pueden encontrar de mil precios distintos según su calidad (su precio y calidad se mide por la finura de la hebra) y su tiempo de fabricación (desde tres semanas a seis meses). Empezamos por 30 euros, pasando por 300 y llegando a los 3.000 € los normalitos... Huelga decir que los chinos ya han copiado el invento poniéndole el sello de «Original», con la correspondiente demanda por parte de la justicia de Ecuador.

Para explicar la confusión sobre la procedencia hay que remontarse a finales del siglo XIX, cuando arrancó la construcción del Canal de Panamá. Entonces, se exportaron desde Guayaquil (Ecuador) más de 50.000 sombreros para que los obreros se protegieran del sol. La ligereza y frescura que proporcionaban estos sombreros realizados con la planta con la que se hacían (una especie de hoja de palma de tallos larguísimos y hojas tiernas) eran perfectas para soportar tantas horas de calor y sol a la intemperie. Es lo que pensó el presidente Americano Roosevelt en la inauguración del Canal en 1914, cuando no dudó en colocarse, también, uno. Esta acción fue decisiva para que la burguesía local se decantara también por ellos, esto, además unido al glamour de Hollywood... pues antes, era sólo cosa de obreros y trabajadores. Y eso que el origen viene de mucho antes pues ya en la época de los indígenas lo usaban. Después, vendrían los españoles, a quienes les gustaron esos curiosos gorros con forma de «alas de murciélago». Así quedó dicho en las crónicas. Hasta que los botánicos decidieron llamar a la planta de la que salían sus hojas, Carludovica palmata, en honor a Carlos IV.

La población de estas aldeas, así como otras de las provincias de Cañar y Loja, (Ecuador) siguen dedicándose hoy todavía a su producción artesanal. Al menos, en los primeros pasos: recogida de las hojas, cortado, cocción, secado al sol, entrelazado y tejido. La mayoría de trabajadores son mujeres, aunque depende de la fase de elaboración. Luego, bien armados con su cargamento, lo venden, cada domingo, en la plaza de María Auxiliadora de la ciudad de Cuenca (Ecuador).Allí se ubican las 14 empresas dedicadas al remate final (lavado, blanqueo, teñido, planchado, decoración...) hasta finalmente la exportación.

Algunas empresas, como la de Homero Ortega, con cinco generaciones a la espalda, o El Barranco que tienen hasta museo propio, que recorre las correrías del elegante complemento. En ellos también le darán pautas para conservarlo por los siglos de los siglos. Unos breves ejemplos 1) Si se mancha, una goma de borrar es la mejor opción. O una toallita de bebé. 2) Si no queda otra, se puede enrollar, pero hágase a la idea de que es un sacrilegio. 3) Si llueve, tire de chubasquero...

Glorificado durante el siglo XIX, el panamá desde entonces se ha considerado el príncipe de los sombreros de paja. El héroe nacional ecuatoriano y figura emblemática, Eloy Alfaro ayudó a financiar su revolución liberal en Ecuador a través de la exportación de "panamás".

Elaboración
La palmera "Carludovica palmata" comienza a poder explotarse después de tres años de sembrada, que es el tiempo que necesitan las tiras de palma para alcanzar su extensión máxima. Cinco días después que se cortan las tiras, se inicia el proceso de acondicionarlas para hacer los sombreros.

El proceso comienza cortando los cogollos de la palma y azotándolos para que se abran, después se rayan con una aguja las fibras de la hoja y se separan unas de otras; Ya que está rayado se hierve con azufre una hora y media para que se ponga blanco. Cinco días después de cortar las tiras, se inicia el proceso de acondicionarlas para hacer los sombreros, luego se secan al sol sobre una cuerda. Ahí las tiras se enrollan a lo largo y quedan listas para tejerlas.

Se requiere unas condiciones de humedad determinada para manejar la fibra de la palma, por lo que no se podría realizar al aire libre en este lugar debido al clima tan caluroso y seco, por lo que se realiza en cuevas.

El frío y la humedad que guardan las cuevas permiten mantener la flexibilidad de la palma para poder entretejerla con facilidad. La mayoría de estas cuevas fueron realizadas cuando se extrajo piedra caliza para construir distintas obras en la población. Para mantener la forma de la cabeza del sombrero mientras se teje, utilizan unos moldes de madera, y para conseguir una fina textura, bruñen la pieza con la parte más lisa de una concha de caracol de mar.

El acabado o planchado, se realiza en una prensa especial, que es la que le da forma deseada: redonda, tropical, española, tejana, indiana, norteña o pecos. El rallado de las hojas es de una, dos o tres partes o "partidas"; cuantas más partidas, más delgado queda el material y más fino el sombrero; el que se hace con hoja de una partida, se teje en tres días y el que se hace con una de cuatro partidas, tres semanas, de ahí la diferencia de calidad y de precio.

La máxima calidad de los sombreros se prueba arrugándolos y haciéndolos un taco que pueda pasar a través de un anillo, para luego soltarlos y dejar que recobren su forma, sin la menor arruga ni daño, lo que es sorprendente. La calidad es un tema muy disputado al tratar de los sombreros panamá. Hay dos procesos principales en su creación: el tejido y bloqueo. La mejor manera de calibrar la calidad de la estructura es contar el número de fibras por pulgada cuadrada. Menos de 300 serían consideradas de baja calidad. Los más raros y más costosos tienen de 1.600 a 2.000 fibras por pulgada cuadrada, y no es extraño que éstos se vendan a precios muy elevados. Se dan muchos niveles de calidad entre 300 y 1.600 fibras. Actualmente, aunque el panamá continúa hoy proporcionando un sustento para millares de ecuatorianos, sólo permanecen una docena de tejedores capaces de hacer unos sombreros de paja llamados "superfinos del montecristi".

Evite tomar el sombrero siempre por el mismo lado y/o ejercer mucha presión sobre el mismo, ya que con el tiempo la palma se fractura. Esto sucede sobre todo con las copas de los sombreros, que es el lugar favorito para sujetar los sombreros pero a su vez es una parte sensible. Los sombreros tienen una tela protectora en la punta para fortalecer esta parte.

La “Paja Toquilla” es un material orgánico que necesita de un grado de humedad para conservarse y mantener su flexibilidad. Por lo tanto, no es recomendable dejar el sombrero expuesto al sol en un ambiente cerrado.

Sugerencias adicionales
  • Si las alas se deforman levantándose, una buena estrategia para devolverles su forma original es utilizar una plancha a vapor protegiendo el sombrero con una tela.
  • Si el sombrero se llega a manchar o ensuciar levemente, una buena manera de limpiarlo es con una goma de borrar lápices.
  • Nunca con agua o con alcohol.
  • Para manchas más fuertes recomendamos utilizar las toallas de bebés o pañuelos faciales para ir removiendo poco a poco las manchas.
  • Cualquier producto químico inapropiado tiende a resquebrajar las hebras de paja del sombrero.
  • Sin embargo, si usted desea conservar perfectamente la forma original de su sombrero, es mejor evitar doblarlo o enrollarlo.
  • La “Paja Toquilla” material del que está hecho su sombrero, mantiene mucho mejor su flexibilidad natural, mientras no se seque por completo, evítelo y su sombrero se conservará por más tiempo. 
  • Guarde su sombrero en una habitación con un grado de humedad relativamente alto, como un baño o una bodega.
  • No es recomendable utilizar su sombrero bajo condiciones lluviosas, podría perder su forma.


Bueno ya sabéis, si queréis ir a la última, no pasar calor e ir elegante como los artistas de Hollywood cubriros con un "Sombrero Panamá" y salir a pasear tranquilamente por el bulevar de vuestro pueblo o ciudad cubiertos con esta auténtica joya.

Hans Klobuznik.

2 feb 2015

Nubes

¿Quién no se ha fijado alguna vez en las nubes? ¿Quién no ha soñado alguna vez despierto mirando las nubes? ¿Y qué hay más bonito en el mundo que un cielo azul, salpicado de caprichosas y simpáticas nubes?

Ellas se convierten en juegos de niños, entretenimiento de mayores, reconfortan la mirada cansada del anciano, predicen el tiempo y son embajadoras de lluvias, tormentas y furiosos tornados, pudiéndose convertir unas veces en bendición y otras en ira para el campo. Son suaves, dulces, tranquilas, como pueda ser el alma de un bebé recién nacido, son bonitas, dulces y amigables como pueda ser un ángel, pero también pueden llegar a ser oscuras, despiadadas, crueles y traidoras como si fueran enviadas por la sombra cruel de la muerte.

Flotan plácidamente, brillantes, plateadas, elegantes, en finas y variadas capas, sobrepuestas las unas sobre las otras, navegan alegres, como arrastradas por grandes y níveas velas de lona hinchadas al viento, vuelan altas, bajas, rápidas, lentas, algunas están destrozadas en jirones, rotas, rojas, amarillas, blancas, naranjas o azuladas. Algunas se arrastran sigilosas, reptando lentamente como crueles asesinos, otras galopan salvajes como caballos albinos desbocados y otras suspendidas en el cielo parecen estar soñolientas o hasta plácidamente dormidas. Muchas de ellas tienen nombre propio, cirros, lenticulares, nimbos, stratos o cúmulos.



Sus múltiples y variadas formas nos hacen ver y soñar en lejanos parajes o aisladas islas, en elegantes pájaros o en garras de enormes gigantes, unas nos recuerdan a lejanas montañas nevadas, otras a bellos ángeles voladores, pero siempre se encuentran situadas entre el cielo y la tierra. Son el nexo entre lo terrenal y lo espiritual, entre lo real y lo etéreo. Formas singulares, soñadoras, acompañantes de campesinos trabajadores, de alegres y juguetones niños, de cansados paseantes y de jóvenes soñadores. Son el nexo entre lo actual y el futuro, entre la realidad y la imaginación. Nubes, preciosas nubes, vosotras traéis la sombra, la lluvia, la tormenta, la claridad, la alegría, la tristeza, la imaginación, la ilusión.

¿Quién no ha visto alguna vez en el transcurso de su vida, entre esa especie de gigantescas bolas de nieve o esos esponjosos paquetes de blanco algodón, decenas, cientos o quizás miles de formas o figuras representando flores, pájaros, montañas o mapas? y si me apuráis aún más, ¿quién no ha visto reflejado alguna vez en el cielo la cara de ese ser querido de ese amigo, de ese artista, o quizás de aquella persona que ya no está entre nosotros?

Nubes, formas, imágenes, colores, recuerdos, todo efímero, todo real a la vez que todo irreal... ¡Nubes, solo nubes!

Hans Klobuznik.

P.S. Ejemplo de algunos refranes sobre nubes:

  • Nubes cola de gato, viento van a darnos un buen rato.
  • Nubes con franjas o ribetes, aferra bien los juanetes.
  • Nube baja y como humo, trae mucha agua presumo.
  • Cielo jaspeado, viento fresco agarrado.
  • No salgas del puerto, si las nubes no corren con el viento.
  • Nubes en la cordillera, marineros a la ribera.
  • Nubes barbadas, viento a carretadas.
  • Cielo aborregado, en tres días mojado.
  • Cielo empedrado, suelo mojado.